Campus Digital

CURSO DE ARQUEOLOGÍA Y PREHISTORIA
Dr. Alvaro Higueras


Sesión 3: La organización política de sociedades prehistóricas

Epilog: Theories of State Development
T. D. Price y G. M. Feinman (1993), en Images of the Past, pp. 448-451. 
© Mayfield & Price & Feinman.

El texto original en inglés sigue a la traducción

Evolución de las opiniones sobre el surgimiento de las sociedades complejas y de sociedades urbanas

Hace unas décadas, V.  Gordon Childe describió la esencial de lo se entiende como civilización en una lista de diez criterios (aun cuando él no tuvo éxito en producir una definición científica precisa o universalmente aceptable).  Charles Redman, de la Universidad de Arizona, organizó posteriormente los criterios de Childe en una lista de características primarias y secundarias.  Las características primarias son económicas, de organización, y demográficas en naturaleza y sugieren cambios fundamentales en estructura social.  Éstas incluyen: (1) ciudades - densas concentraciones demográficas aglomeradas; (2) especialización de trabajo a tiempo completo; (3) organización del estado, basado en la residencia territorial más que en conexiones de parentesco; (4) estratificación de clases - la presencia de un estrato privilegiado con poder de decisión; y (5) la concentración del excedente.  Según Redman, las características secundarias de Childe sirven para documentar la existencia de los criterios primarios.  Estas son: (1) trabajos públicos monumentales; (2) intercambio interurbano; (3) escritura; (4) aritmética, geometría, y astronomía; y (5) iconografía altamente desarrollada y estandardizada. 

Los criterios de Childe, particularmente los secundarios, no carecen de problemas.  Por ejemplo, los Incas, que establecieron el imperio más grande del mundo precolombino no tenían un sistema estandardizado de la escritura.  Inversamente, muchas sociedades que no se reconocen como civilizaciones construyeron edificios monumentales, establecieron intercambio a larga distancia, crearon (y razonablemente estandardizaron) una iconografía extraordinaria, y estaban muy enteradas de ciclos astronómicos.  Incluso los criterios primarios están sujetos a la discusión, como se sabe que el parentesco ha desempeñado un papel de organización muy fuerte en civilizaciones chinas americanas y tempranas nativas.  Aunque es casi imposible distinguir con los datos arqueológicos la especialización a tiempo completo de aquella a medio tiempo, la especialización artesanal (de un grado desconocido de intensidad) se encuentra a menudo en los sitios arqueológicos de sociedades que no se conciben tradicionalmente como civilizaciones.  Sin embargo, los criterios de Childe no solamente proporcionan un punto de partida valioso para la discusión, pero la mayoría de ellos se pueden examinar arqueológicamente.  Al investigador le proporcionan un útil punto de partida, mejor que, por ejemplo, la definición, citada con frecuencia, del estado como institución que monopolice la fuerza laboral, una característica que está sujeta a la investigación arqueológica directa. 

Dado las dificultades en definir el estado y la civilización, así como la variedad evidente en sociedades y secuencias humanas del cambio social, realmente no es sorprendente que ninguna explicación satisfactoria se haya desarrollado para explicar estas transformaciones.  En antropología, las perspectivas interpretativas actuales se pueden subdividir en modelos integradores y coercitivos.  Los modelos integradores acentúan la coordinación y la regulación como papeles de instituciones emergentes.  Las teorías coercitivas apoyan el papel del estado que se convierte en la fuente de resolución de los conflictos intrasociales que emergen de una situación de disparidad de la riqueza.  Estos modelos alternativos tienen sus raíces filosóficas por lo menos desde el siglo V a.C., cuando el historiador griego Tucídides describió a la guerra del Peloponeso y a sus combatientes.  Tucídides comparó las diversas formas de organización, contrastando el democrático y el oligárquico.  El primero, caracterizado por Atenas bajo el mando de Pericles, fue caracterizado por un gobierno de cooperación, con el pueblo descrito como beneficiando de políticas y de servicios del estado.  Esparta, que caracterizó el último, tenía una estructura de gobierno más coercitiva, gobernada por la clase terrateniente que tenían el poder de decisión y control para mantener su abundancia desproporcionada. 

La mayoría de los estados integran tanto como coercionan, aunque su grado de dependencia de diversas estrategias que gobiernan puede ciertamente variar.  Para los arqueólogos, tanto como para otros científicos sociales e históricos, el desciframiento de diversas estrategias de organización es un tema prometedor para la investigación.  Sin embargo, en modelar la evolución de estados tempranos, los investigadores deben reconocer que las estrategias gubernamentales pueden experimentar  cambios.  Por ejemplo, las instituciones pueden crearse inicialmente para servir tareas integradoras o reguladoras.  Una vez que estén establecidas, puedan hacerse más coercitivas frente a nuevos desafíos o mantener las ventajas que pudieron haberse acrecentado para los gobernantes con poder de decisión.  Por lo tanto, las funciones servidas por una institución que gobierna pueden no proporcionar un cuadro completo de porqué esa institución se creó en primer lugar. 

Este último párrafo pone en cuestión los méritos explicativos de los modelos integrador y coercitivo.  Un segundo camino analítico compara la utilidad relativa de diversas "causas primordiales" ("prime-movers"), los factores dominantes que se proponen para explicar muchos, si no todos, los casos del desarrollo del estado.  La teoría de la circunscripción de Roberto Carneiro, [...], utiliza la guerra como motor causal dominante.  El fallecido Karl Wittfogel propuso el control del agua (la irrigación) como la variable clave en la formación del "estado hidráulico." Wittfogel vio el agua como un factor con características únicas, esenciales para la agricultura en las tierras áridas donde surgieron muchos de los estados tempranos del mundo, pero manipulable por la gente de maneras que no lo pueden ser otros recursos ambientales.  Sin embargo, aunque los sistemas de irrigación de canales a gran escala fueron utilizados a la larga en los dominios de muchos estados tempranos (por ejemplo en Mesopotamia), la secuencia temporal de la formación del estado y de la construcción de estas inmensas redes de irrigación no es clara.  En otras áreas, como el valle de Oaxaca en México, parece que la mayoría de los dispositivos del control de agua precolombinos habrían podido ser manejados por sólo unas cuantas unidades domésticas o grupos familiares (households).  La investigación etnográfica reciente también indica que las redes de irrigación a gran escala no requieren necesariamente de una administración centralizada. 

Una tercera causa primordial, la presión demográfica, coloca la primacía causal del cambio político en desequilibrios entre una población humana y el suministro de alimentos disponible.  Influenciado por el trabajo de la economista agrícola Esther Boserup, los proponentes de esta idea han dado vuelta al trabajo de Thomas Malthus.  En el siglo XVIII, Malthus propuso que el advenimiento de la agricultura condujo a un excedente en la producción de alimentos, haciendo posible el crecimiento de la población posible y aumentando la disponibilidad del tiempo libre.  Sin embargo el trabajo antropológico, iniciado por Carneiro, Marshall Sahlins, de la Universidad de Chicago, y Richard Lee, de la Universidad de Toronto, cuestionaron el longevo dogma de excedentes y tiempo libre.  Kent Flannery sintetizó:

Un hecho etnográfico es que la gente con la mayoría del tiempo libre son los cazadores-recolectores, que también tienen la productividad más baja; incluso los agricultores primitivos no producen excedente a menos que sean forzados, y el desafío está en conseguir que la gente trabaje más, o poner más gente a trabajar.  Con una mejor tecnología, la gente simplemente trabaja menos; lo que produce un excedente es la fuerza coercitiva de la autoridad establecida; o las demandas de rituales elaborados.  (Flannery, 1972, pp.  405-406)

Los antropólogos han cuestionado recientemente las discusiones de Lee y de Sahlins acerca del tiempo libre.  Observan que la mayoría de las poblaciones cazadoras-recolectoras sufren escasez estacional o periódica de alimentos o que carecen con frecuencia ciertos recursos esenciales, como grasas o proteínas.  Con todo el hecho sigue siendo que, a menos que sean obligados, pocos cazadores-recolectores o habitantes de aldeas producen más de lo que sus familias requieren. 

Concentrada sobre todo en el tercer mundo contemporáneo (donde no está inusual el crecimiento demográfico galopante, Boserup discute que los cambios tecnológicos y la productividad creciente también podrían ser estimulados por una población excesiva.  Los adherentes de la posición de Boserup en arqueóloga son de la opinión que el crecimiento de la población en la prehistoria es una variable independiente y la principal causa de transformaciones sociales y económicas.  Como vimos [en muchas de las discusiones de sitios en este capítulo y en los capítulos siete y ocho], el crecimiento demográfico coincidió a menudo con episodios del gran cambio social, y en muchas regiones era una variable importante.  Con todo, la correlación no significa causalidad.  Lo que no está claro en la mayoría de los casos es la naturaleza del interrelación-si el crecimiento de la población era la causa o la consecuencia de transformaciones políticas y económicas. 

 

Las regularidades propuestas por Steward, y los modelos construidos por Wittfogel, Carneiro, y otros, han alentado una amplia corriente de fructífera investigación que condujo al conocimiento de las fuerzas materiales importantes en el surgimiento de cacicazgos y de estados complejos.  Qué modelos, sin embargo, nos dirigirán en el futuro?
H.  T.  Wright (1986)
He comparado a veces modelos a las naves.  Lo qué me interesa, una vez la nave construida, es lanzarlo, ver si flota, y luego hacerlo navegar a donde quiera que desee, arriba y abajo de las corrientes del tiempo.  El momento del naufragio es siempre el más significativo. 
F.  Braudel (1970)
Si la presión de población era un problema en el valle del Nilo, una situación circunscrita por excelencia, el faraón debió estar encantado de ver partir a Moisés y sus congéneres [seguidores].  El que no lo estuviera, y el  esfuerzo considerable expendido en mantener a los judíos dentro de sus territorios, sugiere que la presión de población no fuera percibida como amenaza para la estabilidad social. 
A.  T.  Rambo (1991)

En contextos rurales, preindustriales en donde el trabajo de niños puede ser económicamente valioso incluso en las edades tempranas, los aumentos en tributo y las demandas de trabajo sobre las unidades domésticas [households] (asociadas a menudo al desarrollo político) pueden estimular ciclos del crecimiento demográfico, pues las familias optan por tener más niños.  Es decir las estrategias políticas y económicas pueden influenciar de manera significativa el cambio demográfico.  En muchos de los casos que hemos examinado, la aglomeración de la población alrededor de un centro que emerge también se pudo haber estimulado por la inmigración, pues la gente se inclinaba por o era forzada de asentarse cerca de una institución de creciente poder y dominación. 

Además, el crecimiento de la población no implica necesariamente presión de población, siendo este último ser un concepto sumamente difícil a medir.  Los resultados arqueológicos e históricos de muchas áreas indican que el cambio a largo plazo de la población no es ni regular, ni uniforme, ni constantemente en aumento, haciéndolo teóricamente problemático para asumir un crecimiento continuo y autónomo de poblaciones.  Finalmente, en varios casos, los resultados arqueológicos han demostrado que las poblaciones regionales eran marcadamente menores que el potencial estimado de la producción agraria disponible durante desarrollo temprano del estado. 

El intercambio también se ha avanzado como una causa primordial, aunque, como la guerra, es prácticamente un aspecto universal y por lo tanto definido demasiado ampliamente para explicar el desarrollo del estado.  Así la ocurrencia del intercambio no es tan significativa en términos evolutivos como son la naturaleza y el modo de las transacciones, si están monopolizadas o controladas y por quién, el volumen de las transacciones implicadas, y las clases de artículos que se movieron (y su importancia local).  Hasta que estas consideraciones empírico se consideran y se refinen teóricamente, el intercambio no se puede emplear convincentemente como causa primordial en el desarrollo del estado. 

La mayoría de los arqueólogos han adoptado hoy modelos de varias variables [multivariate], reconociendo que el proceso del desarrollo del estado fue accionado probablemente por una serie de factores (algunos incluyendo las causas primigenias), en vez de un solo estímulo causal en cada caso, y que el mismo sistema de factores no puede ser implicado en cada caso.  Los ejemplos de la formación del estado discutidos en estos capítulos ilustran que eran los factores tales como crecimiento de la población, las nuevas tecnologías, y los patrones de la interacción e intercambio en constante cambio (incluyendo la guerra), y las cambios en la organización del trabajo y de la especialización estuvieron a menudo entrelazados con episodios de la reestructuración del poder; pero no hemos logrado clarificar las interdependencias específicas entre estos factores ni su importancia relativa en cada caso.  Si concedemos que la emergencia de nuevas formas de gobierno está acompañada a menudo por otro cambios significativos (e interdependientes) a niveles menores y mayores (e.g., unidades domésticas [households], relaciones entre grupos), entonces las tareas analíticas a las que nos enfrentamos se parecen más desafiantes. 

Sin embargo, el estudio del estado ha hecho un enorme progreso en las últimas décadas.  Las prospecciones arqueológicas recientes, las excavaciones a gran escala, el estudio de unidades domésticas antiguas, y los avances de la etnohistoria nos han ayudado a dilucidar algunos de los cambios ideológicos que hicieron posibles las nuevas formaciones de poder, han enriquecido los fundamentos empíricos necesarios para examinar estas cruciales transformaciones sociales.  Si estas contribuciones continúan al mismo ritmo (especialmente frente a la disminución y amenaza de los vestigios arqueológicos) y una serie de desafíos conceptuales y teóricos cruciales se resuelve, la oportunidad para tomar grandes pasos en nuestra comprensión [de los proceso del desarrollo social y político] se encuentra a nuestro alcance. 

LECTURAS SUGERIDAS (ver bibliografía en inglés)

 

Changing views on the rise of complex polities and urban societies

Decades ago, the late V Gordon Childe described the essence of what we mean by civilization in a list of ten characteristics (even if he did not succeed in providing a scientifically precise or universally acceptable definition).  Charles Redman, of Arizona State University, subsequently organized Childe's indices into a list of primary and secondary characteristics.  The primary characteristics are economic, organizational, and demographic in nature and suggest fundamental changes in societal structure.  These include: (1) cities - dense, nucleated demographic concentrations; (2) full-time labor specialization; (3) state organization, based on territorial residence rather than kin connections; (4) class stratification - the presence of a privileged ruling stratum; and (5) the concentration of surplus.  According to Redman, Childe's secondary characteristics serve to document the existence of the primary criteria.  They are: (1) monumental public works; (2) long-distance exchange; (3) writing; (4) arithmetic, geometry, and astronomy; and (5) highly developed, standardized artwork.

Childe's criteria, particularly the secondary ones, are certainly not without problem.  For example, the Inca, who established the largest pre-Columbian New World empire, did not have a standardized system of writing.  Conversely, many societies that are not consensually recognized as civilizations built monumental edifices, engaged in long-distance exchange, crafted wonderful (and reasonably standardized) artwork, and were very aware of astronomical cycles.  Even the primary criteria are subject to discussion, as kinship is known to have played a very strong organizational role in both Native American and early Chinese civilizations.  Although it is next to impossible using archaeological data to distinguish full-time craft specialization from part-time specialization, occupational specialization (of an unknown degree of intensity) is often found at archaeologically known sites that are not traditionally conceptualized as civilizations.  Nevertheless, Childe's criteria not only provide a valuable starting point for discussion, but the majority of them can be examined archaeologically.  To the researcher, they provide a more useful beginning point than, for example, the frequently cited definition of the state as an institution that monopolizes force, a characteristic that cannot be subjected to straightforward archaeological investigation.

Given the difficulties in defining the state and civilization, as well as the evident variety in human societies and sequences of societal change, it is not really surprising that no single, satisfactory explanation has been developed to account for these transformations.  In anthropology, current interpretive perspectives can be subdivided into integrative and coercive models.  Integrative approaches emphasize coordination and regulation as roles of emergent institutions.  The alternative coercive theories stress the role of the developing state in the resolution of intrasocietal conflicts that emerge from disparities in wealth.  These alternative frameworks have their philosophical roots at least as early as the fifth century B.C., when the Greek writer Thucydides described the Peloponnesian War and its combatants.  Thucydides compared different organizational frameworks, contrasting the democratic and the oligarchic.  The former, typified by Athens under the ruler Pericles, was characterized by government through cooperation, with the populace described as benefiting from state policies and services.  Sparta, which typified the latter, more coercive governing structure, ruled by the propertied class that controlled decision making in order to maintain their disproportionate wealth.

Most states integrate as well as coerce, although their degree of dependence on different governing strategies certainly can vary.  For archaeologists, as well as other social and historical scientists, the decipherment of different organizational strategies is a promising domain for research.  Yet in modeling the evolution of early states, researchers should recognize that governmental strategies can undergo change.  For example, institutions may initially develop to serve integrative or regulative tasks.  Once established, they may become more coercive either in the face of new challenges or to maintain whatever benefits their decision makers may have accrued.  Therefore, the functions served by a governing institution may not provide a complete picture of why that institution arose in the first place.

The above line of discussion contrasts the explanatory merits of integrative versus coercive frameworks.  A second analytical pathway compares the relative utility of different "prime-movers," key factors that are proposed to account for many, if not all, cases of state development.  Robert Carneiro's circumscription theory, discussed in Chapter Seven, uses warfare as a key prime- mover.  The late Karl Wittfogel proposed water control (irrigation) as the key variable in the rise of the "hydraulic state." Wittfogel saw water as having unique properties, essential for agriculture in the dry lands where many of the world's early states developed, yet manipulable by people in ways that other environmental resources are not.  Nevertheless, although large-scale canal irrigation systems were eventually utilized in the domains of many early states (such as in Mesopotamia), the temporal sequence of state formation and the construction of these grand irrigation networks is not clear.  In other areas, like Mexico's Valley of Oaxaca (Chapter Seven), it appears that most pre-Columbian water-control devices could have been managed by a few households at most.  Recent ethnographic research also indicates that large-scale irrigation networks do not necessarily require centralized administration.

A third prime-mover, demographic pressure, places the causal primacy for political change on imbalances between a human population and its available food supply.  Influenced by the work of agricultural economist Esther Boserup, proponents of this view have turned the work of Thomas Malthus on its head.  In the late eighteenth century, Malthus argued that the advent of agriculture led to the production of food surpluses, thereby making human population growth possible and increasing the availability of leisure time.  Yet anthropological work, spearheaded by Carneiro, Marshall Sahlins, of the University of Chicago, and Richard Lee, of the University of Toronto, questioned the long-held dogma surrounding surplus and leisure time.  As Kent Flannery synthesized:

The cold ethnographic fact is that the people with the most leisure time are the hunters and gatherers, who also have the lowest productivity; even primitive farmers don't produce a surplus unless they are forced to, and thus the challenge is getting people to work more, or more people to work.  With better technology, people simply work less; what produces surplus is the coercive power of real authority; or the demands of elaborate ritual.  (Flannery, 1972, pp.  405-406)

Recently anthropologists have questioned the arguments of Lee and Sahlins concerning leisure time.  They note that most hunting-and-gathering populations suffer seasonal or periodic shortages of food or frequently lack certain key resources, like fat or protein.  Yet the fact remains that, except when encouraged, few hunting-and-gathering or village people produce a great deal more than their families require.

Primarily concerned with the contemporary Third World (where runaway demographic growth is not unusual), Boserup argues that technological changes and increased productivity also could be spurred by excessive population.  Archaeological adherents of Boserup's position view ancient population growth as an independent variable and the principal cause of social and economic transformations.  As we saw in many of the site discussions in this chapter and in Chapters Seven and Eight, demographic growth often coincided with episodes of great social change, and in many regions it was an important variable.  Yet correlation does not equal causality.  What is not clear in most cases is the nature of the interconnections-whether population growth was the cause or the consequence of political and economic transitions.
 

The regularities set forth by Steward, and the models constructed by Wittfogel, Carneiro, and others, have guided a great deal of fruitful research leading to knowledge about the material forces important in the rise of complex chiefdoms and states.  What constructs, however, will guide us in the future?
H.  T.  Wright (1986)
I have sometimes compared models to ships.  What interests me, once the ship is built, is to launch it, to see if it floats, then to make it sail wherever I please, up and down the currents of time.  The moment of shipwreck is always the most meaningful.
F.  Braudel (1970)
If population pressure was a problem in the Nile Valley, a circumscribed situation par excellence, the Pharaoh should have been delighted to see the last of Moses and his congeners [followers].  That he was not, and indeed expended considerable effort to retain the Jews within his territories, suggests that population pressure was not perceived as a threat to social stability.
A.  T.  Rambo (1991)


In rural, preindustrial contexts where child labor can be economically valuable even at early ages, increases in tribute and the labor demands on households (often associated with political development) can spur cycles of demographic growth, as families opt to have more children.  In other words, political and economic strategies can greatly influence demographic change.  In many of the cases that we have examined, the nucleation of population around an emerging center also may have been spurred by immigration, as people were inclined or coerced to settle near an increasingly powerful institution.

Furthermore, population growth does not necessarily imply population pressure, the latter being a notoriously difficult concept to measure.  Archaeological and historical findings from many areas indicate that long-term population change is neither regular, uniform, nor ever-increasing, making it theoretically problematic to assume continuous and autonomous growth.  Finally, in several cases, archaeological findings have shown that regional populations were markedly below any reasonable estimate of available agrarian production at the time of early state development.

Exchange also has been advanced as a prime-mover, although, like warfare, it is practically a human universal and therefore too broadly defined to account for the development of the state.  Thus the occurrence of exchange is not as evolutionarily significant as are the nature and mode of the transactions, whether they are monopolized or controlled and by whom, the volume of the transactions involved, and the kinds of items moved (and their local importance).  Until these considerations are empirically considered and refined theoretically, exchange cannot be convincingly employed as a prime-mover in state development.

Today most archaeologists have adopted multivariate approaches, recognizing that the process of state development was probably triggered by a suite of factors (including some of the prime- movers), rather than a single causal stimulus in each instance, and that even the same set of factors may not have been involved in each case.  The examples of state formation discussed in these chapters illustrate that factors such as population growth, new technologies, changing exchange and interaction (including warfare) patterns, and shifts in the organization of labor and specialization were often intertwined with episodes of managerial restructuring; and yet we have sorted out neither the specific interlinkages between these factors nor their relative importance in each case.  If we concede that the rise of new forms of government are often accompanied by other significant (and interdependent) shifts at both higher and lower scales (e.g., households, boundary relations), then the analytical tasks in front of us seem all the more challenging.

Nevertheless the study of the state has made tremendous progress during the last decades.  Recent archaeological surveys, large-scale excavations, the study of ancient households, and ethnohistoric breakthroughs, which have helped us to unravel some of the ideological changes that made new managerial formations possible, have enriched the empirical foundation necessary to examine this key societal transformation.  If these contributions continue apace (especially in the face of our dwindling, threatened archaeological record) and a series of crucial definitional and theoretical challenges are met, the opportunity for taking giant steps forward in our understanding lies immediately ahead.

SUGGESTED READINGS

Baines, John, and Jaromir Malek.  1980.  Atlas of ancient Egypt.  New York: Facts on File.  A well-illustrated overview of ancient Egyptian civilization.
Chang, K.  C.  1986.  The archaeology of ancient China.  New Haven: Yale University Press.
A synthesis of the archaeology and early history of ancient China.
Garlake, Peter S.  1973.  Great Zimbabwe.  London: Thames &: Hudson.  A descriptive discussion of a key site in Africa.
Kenoyer, Jonathan M.  1991.  The Indus Valley tradition of Pakistan and western India.  Journal of World Prehistory 5:331-385.  A timely overview by an areal specialist.
Redman, Charles L.  1978.  The rise of civilization: From early farmers to urban society in the ancient Near East.  San Francisco: Freeman.  A classic review of the ancient Near East.
Schmandt-Besserat, Denise.  1978.  The earliest precursor of writing.  Scientific American 238(6): 50- 59.  A groundbreaking article on early writing in Southwest Asia.
Wright, Henry T.  1986.  The evolution of civilizations.  In American archaeology, past and future, ed.  D.].  Meltzer, D.  D.  Fowler, and].  A.  Sabloff.  Washington, DC: Smithsonian Institution Press.  A current synthesis of archaeological interpretations.
Yoffee, Norman, and George L.  Cowgill, eds.  1988.  The collapse of ancient states and civilizations.  Tucson: University of Arizona Press.  A comparative collection of scholarly papers by experts from several disciplines.